Con Botafogo me pasó algo parecido a lo que me ocurrió la primera vez que toqué una tabla de cedro recién cepillada: sentí verdad.
Hay músicos que llegan para demostrar algo, y hay otros, como él, que simplemente son. Su guitarra no busca imponerse, sino contar un camino. Y cuando uno escucha ese sonido, tan propio, tan vivido, entiende que hay décadas de músicas, viajes, heridas y alegrías talladas ahí adentro.
Botafogo es de esos artesanos del blues que no necesitan presentación. Se lo reconoce en el primer acorde. Su forma de tocar tiene la misma nobleza que la madera que trabajo todos los días, esa que, cuando la tratás con respeto, te devuelve pureza.
Por eso es un orgullo que lleve una Morone. Porque él no toca un instrumento: lo habita.
En cada nota suya siento algo que me recuerda por qué hago lo que hago. Y quizás por eso mismo, para mí, Botafogo no es sólo un embajador: es un compañero de oficio, alguien que entiende que la música, como la madera, se trabaja con alma.
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